La Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), junto al Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas (CEUTA) y el Instituto Sudamericano para Estudios sobre Resiliencia y Sostenibilidad (SARAS), llevan adelante el proyecto “Paisajes multifuncionales en agroecosistemas extensivos”. La iniciativa se desarrolla en Argentina y Uruguay y cuenta con financiamiento del Fondo Regional de Tecnología Agropecuaria (FONTAGRO).
“Nuestro proyecto está asociado a las transiciones productivas sostenibles. Buscamos sistemas productivos que sean eficientes, pero también que mejoren el ambiente en el que se desarrollan”, explicó, Lucas Garibaldi, quien coordina el proyecto y es director del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRNAD UNRN/CONICET).
En ese marco, el foco está puesto en el rediseño de los establecimientos a partir del concepto de paisajes multifuncionales. “Durante mucho tiempo pensamos que lo que cosechamos depende exclusivamente de lo que hacemos dentro del lote, de la semilla que sembramos y el manejo de la fertilización, por ejemplo. Pero hoy sabemos que el entorno también condiciona esos resultados. En paisajes dominados por monocultivos, ese efecto suele ser negativo, mientras que en entornos más diversos puede volverse favorable”, señaló.
El enfoque plantea diseñar sistemas donde convivan áreas productivas con ambientes naturales o seminaturales. Esa diversidad cumple un rol clave en el funcionamiento del sistema. “Los mismos procesos que sostienen esos servicios —como el reciclaje de nutrientes o la regulación del agua— son los que necesitan los cultivos para crecer”, afirmó.
De la investigación al lote
El proyecto se estructura en cuatro componentes que avanzan desde la escala de lote hasta el nivel regional, con el objetivo de generar conocimiento aplicable a campo. El primero se enfoca en cultivos a escala predial y analiza cómo la cercanía a hábitats naturales o seminaturales —así como la presencia de corredores biológicos implantados— impacta sobre la productividad.
El segundo componente amplía la mirada a nivel regional y evalúa distintos establecimientos donde la incorporación de mayor diversidad puede traducirse en mejoras productivas y en mejor control biológico. “La idea es entender cómo el entorno influye en lo que pasa dentro del lote”, explicó Garibaldi.
A partir de ese trabajo, el proyecto desarrolla modelos que permiten explicar y predecir estos procesos. Se trata de herramientas orientadas a responder preguntas como cuánta naturaleza integrar, dónde ubicarla y cómo diseñar paisajes que maximicen los beneficios productivos y ambientales.
El tercer componente lleva estas hipótesis a la práctica en ocho establecimientos —siete en Argentina y uno en Uruguay— que funcionan como “laboratorios vivos”. En esos campos se rediseñaron los sistemas desde cero, modificando la forma de los lotes, incorporando corredores biológicos y restaurando parches de vegetación natural o seminatural.
“Allí medimos el impacto de esas intervenciones sobre la biodiversidad, tanto de insectos benéficos como de plagas, sobre la dinámica de malezas y sobre la productividad”, detalló. El objetivo es validar en condiciones reales los resultados obtenidos en etapas previas y generar evidencia concreta para la toma de decisiones.
El cuarto componente incorpora una dimensión social y educativa. A través de talleres y actividades en campo, buscan acercar estas herramientas a técnicos y productores, y evaluar su potencial de adopción. “También trabajamos para identificar las principales barreras que dificultan escalar estas prácticas y aportar información que pueda orientar políticas públicas”, señaló.
Desafíos de la nueva agronomía
El enfoque también refleja un cambio de paradigma. Según el investigador, durante mucho tiempo, la ecología y la producción avanzaron por caminos separados: por un lado, la conservación; por otro, los sistemas productivos. Con el tiempo, esa división empezó a desdibujarse y a mostrar sus límites.
“Hoy entendemos que la producción necesita de principios ecológicos. Los sistemas más industrializados, en muchos casos, degradaron recursos, y eso nos llevó a redescubrir el valor de la biodiversidad para sostener la producción”, señaló Garibaldi. A partir de ese proceso, se enfatiza cómo la biodiversidad puede ayudar a mejorar el funcionamiento de los agroecosistemas.
“La pregunta ahora es cómo llevamos todo ese conocimiento a la práctica y cómo lo escalamos”, planteó. Esto implica definir cuánta diversidad incorporar, cómo combinar cultivos, dónde ubicar ambientes naturales, y evaluar su impacto no solo en lo productivo, sino también en lo económico y social.
“La idea es que estas prácticas dejen de ser casos aislados o tecnologías de nicho y pasen a formar parte de la nueva agronomía”, concluyó.